Hola, soy Ana. Redactora Creativa y Ghostwriter especializada en la generación de artículos informativos para portales de noticias, revistas digitales y agencias SEO. Poseo una insalvable debilidad por las novelas de abogados, el café negro y los chocolates. Gracias por dedicarme algo de vuestro valioso tiempo.
Hasta el momento, hemos realizado un análisis al fenómeno monetario desde su faceta histórica, ahora nos toca detenernos en dos elementos que determinan el concepto dinero, a saber, el capitalismo y el socialismo. Como siempre, lo anterior nos da algo más de contexto para entender la noción de las criptomonedas, especialmente el Bitcoin.
El sistema de información del capitalismo y el Bitcoin
La principal función del dinero como instrumento de cambio es lo que permite a los agentes económicos participar en la planificación y el cálculo económico. A medida que la producción económica se aleja de la escala primitiva, a la gente le cuesta cada vez más adoptar decisiones relativas a la producción, el consumo y el comercio sin contar con un marco de referencia fijo con el que comparar entre sí el valor de diferentes objetos. Esta propiedad, la de ser unidad de cuenta, es la tercera función del dinero, tras ser medio de intercambio y depósito de valor. Con el fin de entender la importancia de esta propiedad para un sistema económico, procederemos como hacen las personas sabias cuando tratan de comprender cuestiones económicas: acudir a la obra de los difuntos economistas austríacos.
El artículo de Friedrich Hayek «The use of knowledge in society» («El uso del conocimiento en la sociedad») es sin duda uno de los textos económicos breves más importantes jamás escrito. A diferencia de la investigación económica actual, demasiado teórica, intrascendente y esotérica (y que nadie lee), las once páginas de este escrito siguen siendo muy leídas más de setenta años después de su publicación, y han tenido un impacto duradero en la vida y en las empresas de muchas personas en todo el mundo; y puede que su impacto más significativo sea su influencia en la creación de uno de los sitios web más importantes de internet, que es también el más extenso acervo de conocimientos reunidos en la historia de la humanidad: Wikipedia. Su fundador, Jimmy Wales, ha afirmado que la idea de crear Wikipedia se le ocurrió después de leer ese texto de Hayek y sus explicaciones sobre el conocimiento.
Hayek manifiesta que, a diferencia del popular y elemental tratamiento del tema, el problema económico no sólo estriba en la dificultad de asignar recursos y productos, sino más bien en asignarlos utilizando el saber que no le es dado en su totalidad a un solo individuo o entidad. El conocimiento económico de las condiciones de producción, de la relativa disponibilidad y abundancia de los factores de producción y de las preferencias de las personas no es un saber objetivo que una única entidad pueda conocer por completo. Más bien, por su misma naturaleza, los conocimientos de las condiciones económicas se distribuye y sitúa entre la gente preocupada por sus decisiones individuales. Toda mente humana se consuma en el aprendizaje y la comprensión de información económica relevante para ellos. Personas muy inteligentes y trabajadoras dedicarán décadas a aprender la realidad económica de sus industrias a fin de alcanzar cargos de autoridad sobre los procesos de producción de un solo bien. Resulta inconcebible que todas estas decisiones individuales que todos llevamos a la práctica puedan ser sustituidas agrupando íntegramente dicha información en la mente de una persona que procederá a los cálculos de todo el mundo. Tampoco es necesario que esta loca cruzada centralice todo el saber en manos de un único ente decisorio.
En un sistema económico de libre mercado, los precios transmiten conocimiento y son indicadores que comunican información. Cada responsable de tomar decisiones sólo es capaz de adoptarlas mediante el examen de los precios de las mercancías de que se trate, que llevan consigo la síntesis de todas las condiciones y realidades del mercado en una sola variable procesable para esa persona en cuestión. Por su parte, las decisiones de cada individuo desempeñarán a su vez un papel en la configuración del precio. Ningún organismo central podría interiorizar toda la información necesaria para determinar un precio ni sustituir su función.
Para entender el punto de vista de Hayek, podemos imaginar el escenario de un terremoto que daña gravemente las infraestructuras de un país que resulta ser el mayor productor mundial de una materia prima determinada, como el que sucedió en 2010 en Chile, el mayor productor de cobre. El seísmo golpeó una región con grandes minas de cobre y ocasionó daños en los yacimientos y en los puertos desde donde se exportaba el metal. Esto supuso una reducción en la oferta de cobre en los mercados mundiales y provocó de inmediato un aumento del 6,2 por ciento en su precio. Cualquier persona del mundo participante en el mercado de cobre se vio afectada por el terremoto, pero no tenía por qué saber nada sobre el mismo, sobre Chile ni sobre las condiciones del mercado para decidir cómo actuar. El propio incremento del precio contiene toda la información relevante que se necesita saber. Enseguida, todas las empresas que querían cobre tenían ahora un motivo para comprar menor cantidad de ese metal, retrasar compras no necesarias inmediatamente y encontrar sustitutos. Por otro lado, la subida del precio ofrecía un incentivo para producir más cantidad a todas aquellas empresas productoras de cobre de cualquier lugar del mundo, a fin de sacar partido del incremento del precio.
Con la simple subida del precio, todo aquel involucrado en la industria mundial del cobre tenía entonces un motivo para actuar de un modo que aliviara las consecuencias negativas del terremoto: otros productores suministraron más mientras los consumidores pedían menos. En consecuencia, la escasez causada por el seísmo no resultó tan terrible como podría haber sido, y los ingresos adicionales debidos al incremento del precio pudieron ayudar a que los extractores del metal remodelasen sus infraestructuras. En pocos días, el precio regresó a la normalidad. Como los mercados mundiales ahora son más grandes e integrados, estas particulares perturbaciones cada vez ocasionan un menor impacto, ya que los creadores de mercado tienen suficiente magnitud y liquidez para sortearlos con rapidez con la menor alteración.
Para comprender el poder de los precios como método para comunicar conocimiento, imaginemos que, el día anterior al terremoto, la totalidad de la industria mundial del cobre hubiera dejado de ser una institución del mercado y pasado a estar bajo el mando de una agencia especializada, con lo que la producción se asignaría sin recurrir a los precios. ¿Cómo habría reaccionado dicha agencia al terremoto? De entre todos los productores mundiales de cobre, ¿cómo hubieran decidido cuál de ellos debía incrementar su producción y en qué cantidad? En un sistema de precios, la administración de cada empresa estudiará los precios del cobre y los de todos sus insumos y hallarán una respuesta al nuevo nivel de producción más eficaz. Muchos profesionales trabajan durante décadas en una compañía para llegar a estas soluciones con la ayuda de los precios, y la conocen mucho mejor que los partidarios de la planificación central, que no pueden recurrir a los mismos. De igual modo, si no hay precios que permitan a estos consumidores revelar sus preferencias, ¿cómo decidirán los planificadores qué consumidores de cobre deben reducir su consumo y en qué proporción?
No importa la cantidad de datos objetivos y de información que la agencia pueda recopilar, jamás podrán tener conocimiento de todo el saber disperso que influye en las decisiones que todo individuo afronta, y que incluye sus preferencias y valoraciones de los objetos. Luego los precios no son una mera herramienta que permite ganar dinero a los capitalistas; son el sistema de información de la producción económica, comunicando saber por todo el planeta y coordinando los complejos procesos de producción. Cualquier sistema económico que intente prescindir de los precios provocará el colapso total de la actividad económica y devolverá a la humanidad a un estado primitivo.
Los precios son el único mecanismo que permite que se dé el comercio y la especialización en una economía de mercado. Sin recurrir a los precios, las personas no podrían beneficiarse de la división del trabajo ni de la especialización más allá de hacerlo a una reducida escala muy primitiva. El comercio permite a los productores incrementar sus condiciones de vida a través de la especialización en aquellos bienes sobre los que tienen una ventaja competitiva; es decir, en mercancías que pueden producir a un coste relativo menor. Sólo con precios precisos expresados en un mecanismo de cambio es posible que las personas identifiquen su ventaja competitiva y se dediquen a ella. La misma especialización, guiada por indicadores de precios, conducirá a que los productores mejoren aún más su rendimiento en la producción de estos bienes a través del aprendizaje práctico, y también, y más importante, a que acumulen capital específico. De hecho, incluso sin diferencias inherentes en los costes relativos, la especialización posibilitará que los productores acumulen capital relacionado con su producción y que, por tanto, incrementen su productividad marginal en el mismo, permitiéndoles disminuir su coste marginal de producción, y comerciar con quienes acumulan capital para especializarse en otras mercancías.
Socialismo del mercado de capitales
Si bien la mayoría entiende la importancia del sistema de precios para la división del trabajo, pocos comprenden el papel que desempeña en la acumulación y asignación de capital, para lo que debemos acudir a la obra de Ludwig von Mises. En su libro El socialismo, escrito en 1922, Mises expuso la razón por antonomasia por la que fracasaría el régimen socialista, y no era la idea generalizada de que el socialismo simplemente tenía un problema de falta de incentivos (¿por qué iba a trabajar nadie si todos obtienen la misma recompensa sin importar el esfuerzo?). Dado que la falta de aplicación al propio empleo solía estar castigada con la pena de muerte o el encarcelamiento por orden gubernamental, sin duda el socialismo superaba con éxito el problema de los incentivos, a pesar de lo sangriento del proceso. Es evidente que, después de un siglo en que unos cien millones de personas fueron asesinadas por regímenes socialistas en todo el mundo,61 este castigo no era teórico, y que con toda probabilidad los incentivos para trabajar fueran mayores que en un sistema capitalista. Debe de haber alguna causa más en el fracaso del socialismo aparte de los incentivos. Mises fue el primero en explicar justamente por qué este sistema de organización acabaría por fracasar aun suponiendo que lograra superar con éxito el problema de la falta de incentivos mediante la creación del «nuevo hombre socialista».
El gran defecto del socialismo que enunció Mises fue que, sin el mecanismo de precios que surge en un mercado libre, éste terminaría por equivocarse en el cálculo económico, sobre todo en la asignación de bienes de capital. Como se indicó anteriormente, la producción de capital entraña métodos de producción cada vez más sofisticados, horizontes temporales más prolongados y una mayor cantidad de bienes intermedios que no se consumen por sí mimos, sino que sólo se producen para participar en la producción de productos de consumo final, en el futuro. Las complejas estructuras de producción sólo pueden ser resultado de una intrincada red de cálculos individuales por parte de los productores de cada uno de los bienes de capital y de consumo comprándose y vendiéndose insumos y productos entre sí. La asignación más productiva se determina sólo a través del mecanismo de fijación de precios que permite a los consumidores de bienes de capital más productivos presentar la oferta más alta por ellos. La oferta y la demanda de bienes de capital emerge de la interacción entre productores y consumidores y de sus reiterativas decisiones.
En un régimen socialista, el Estado posee y controla los medios de producción, siendo a la vez el único comprador y vendedor de los bienes de capital en la economía. Esta centralización entorpece el funcionamiento de un verdadero mercado y hace imposible adoptar decisiones acertadas basadas en los precios. Sin un mercado para el capital donde agentes independientes puedan pujar por el mismo, no puede haber ni un precio para el capital en general ni para los bienes de capital en particular. Sin precios de los bienes de capital que reflejen su oferta y demanda relativa, no existe una forma racional de determinar los usos más productivos del capital, y tampoco un modo racional de determinar cuánto producir de cada bien de capital. En un mundo en el que el Estado posee la acería, así como todas las fábricas que utilizarán el acero en la producción de varios bienes de consumo y de capital, no puede emerger ningún precio para el acero ni para los bienes que lo utilicen en su producción, y, por consiguiente, no hay ninguna forma posible de saber qué usos del acero son los más importantes y provechosos. ¿Cómo puede determinar el Estado si sus limitadas cantidades de acero deben utilizarse para fabricar coches o trenes, dado que también poseen las fábricas de coches y de trenes y asigna por decreto a los ciudadanos cuántos coches y trenes pueden tener? Sin un sistema de precios mediante el que los ciudadanos decidan entre trenes o coches, no hay forma de saber cuál es la asignación óptima ni dónde sería más necesario el acero. Preguntar a los ciudadanos en encuestas es un ejercicio carente de sentido, porque las opciones de la gente no significan nada sin un precio que refleje el verdadero coste de oportunidad implicado en el equilibrio entre varias alternativas. Un sondeo sin precios revelaría que todo el mundo querría tener su propio Ferrari, pero, claro, cuando hay que pagarlo, muy pocos eligen uno. Los partidarios de la planificación central no pueden saber las preferencias personales de cada individuo ni asignar recursos de forma que satisfaga lo mejor posible sus necesidades individuales.
Asimismo, cuando el Estado o el gobierno es dueño de todos los insumos involucrados en todos los procesos de producción de la economía, la ausencia de un mecanismo de fijación de precios hace prácticamente imposible coordinar la producción de varios bienes de capital en cantidades adecuadas que permitan el funcionamiento de todas las fábricas. La escasez es el punto de partida de toda economía, y no es posible producir cantidades ilimitadas de todos los insumos; es necesario hacer concesiones, de modo que, por ejemplo, la asignación de capital, tierra y mano de obra a la producción de acero debe realizarse en detrimento de producir más cobre. En un mercado libre, como las fábricas compiten por adquirir cobre y acero, generan escasez y abundancia en estos mercados, y los precios permiten a los productores de cobre y acero competir por los recursos que se utilizan para elaborarlos. Un planificador central ignorará por completo esta red de preferencias y costes de oportunidad, de trenes, coches, cobre, acero, mano de obra, capital y tierra. Sin precios, no hay forma de calcular cómo asignar estos recursos para elaborar los mejores productos, y el resultado es un colapso total de la producción.
Y, sin embargo, todo esto no es sino un aspecto del problema de cálculo, correspondiente a la producción de bienes existentes en un mercado estático. El problema es mucho más acusado si tenemos en cuenta que no hay nada inalterable en los asuntos de los hombres, ya que los seres humanos no dejamos de intentar mejorar nuestra situación económica, producir nuevos bienes y encontrar más y mejores modos de producirlos. El omnipresente impulso humano de trastear, mejorar e innovar confiere al socialismo su problema de más difícil solución. Incluso si el sistema de planificación centralizada conseguía gestionar una economía estática, no podía hacer nada para adaptarse al cambio o permitir la iniciativa empresarial. ¿Cómo puede un sistema socialista realizar cálculos específicos para tecnologías e innovaciones que no existen? ¿Y cómo pueden asignarse los factores de producción para las mismas cuando no hay aún indicación alguna de que estos productos llegarán a funcionar alguna vez?
El objetivo de esta exposición no es argumentar en contra del sistema económico socialista, que ningún adulto sensato puede tomarse muy en serio en los tiempos que corren, tras el catastrófico, sangriento y total fracaso del mismo en todas las sociedades donde se ha intentado instaurar durante el último siglo. La cuestión es más bien explicar con claridad la diferencia entre dos formas de asignar capital y de tomar decisiones de producción: precios y planificación. Si bien la mayoría de las naciones no cuenta en la actualidad con una junta de planificación central responsable de la asignación directa de bienes de capital, no por ello es menos cierto que en todos los países del mundo existe un consejo de planificación central para el mercado más importante, el de capitales. Se entiende por mercado libre uno en el que los compradores y los vendedores tienen libertad para efectuar transacciones en condiciones fijadas sólo por ellos, y en el que la entrada y la salida en el mercado es gratis: no participan terceras partes que restrinjan la entrada en el mercado a vendedores o compradores, ni sufragan a compradores y vendedores que no puedan realizar transacciones en el mercado. Hoy día, ningún país del mundo tiene un mercado de capitales con estas características.
En una economía moderna, los mercados de capitales están compuestos por los mercados de fondos prestables. A medida que la estructura de producción se vuelve más complicada y duradera, las personas dejan de invertir sus ahorros ellos mismos y los ceden, a través de diversas instituciones, a empresas especializadas en la producción. El tipo de interés es el precio que el individuo que presta recibe por sus fondos, así como el precio que el prestatario paga por obtenerlos.
En un mercado libre de fondos prestables, la cantidad de estos fondos suministrados, como ocurre con todas las curvas de la oferta, crece a medida que lo hacen los tipos de interés. En otras palabras, cuanto mayor sea la tasa de interés, más gente tiende a economizar y a ofrecer sus ahorros a empresarios y empresas. Por otro lado, la demanda de créditos está inversamente relacionada con el tipo de interés, lo que significa que empresarios y empresas querrán pedir prestado menos cuando los tipos de interés suban.
En un mercado libre de capitales, la tasa de interés es positiva porque la preferencia temporal positiva de la gente significa que nadie se desprendería de su dinero a menos que pudiera recibir una mayor cantidad en el futuro. Es probable que una sociedad con un gran número de personas que tengan una baja preferencia temporal genere sustanciosos ahorros, haciendo que caigan los tipos de interés y proporcionando mucho capital para que las empresas inviertan, lo cual suscitará un crecimiento económico significativo a futuro. A medida que la preferencia temporal de una sociedad aumenta, es menos probable que la gente ahorre, que los tipos de interés sean elevados y que los productores encuentren menos capital para tomar prestado. Los pueblos que viven en paz y tienen asegurados sus derechos sobre la propiedad y un amplio margen de libertad económica suelen tener una preferencia temporal baja, ya que ofrecen a sus ciudadanos un sólido incentivo para anticipar menos su futuro. Otro economista austríaco, Eugen von Bohm-Bawerk, llegó a sostener incluso que el tipo de interés en una nación reflejaba su nivel cultural: cuanto mayor es la inteligencia de su población y su fortaleza moral, más ahorran y menor es la tasa de interés.
Pero así no es como hoy día funciona un mercado de capitales en una economía moderna, gracias a la invención de los modernos bancos centrales y a su incesante intervencionismo que interfiere en el más crítico de los mercados. Los bancos centrales determinan la tasa de interés y la oferta de fondos prestables a través de una serie de instrumentos monetarios, operando mediante el control que ostentan sobre el sistema bancario.
Un hecho fundamental para entender el sistema financiero moderno es que los bancos crean dinero siempre que conceden créditos. En un sistema bancario de reserva fraccionaria parecido al que existe en todo el mundo en la actualidad, los bancos no sólo prestan los ahorros de sus clientes, sino también sus depósitos a la vista. Dicho de otro modo, el depositante puede recurrir a su dinero en cualquier momento mientras que un alto porcentaje de ese dinero ha sido emitido como préstamo otorgado a un prestatario. Al dar el dinero al prestatario a la vez que sigue estando disponible para el depositante, en la práctica el banco crea nueva moneda, lo que da lugar a un incremento de la masa monetaria. Ésta es la base de la relación entre masa monetaria y tipos de interés: cuando éstos caen, hay un incremento del crédito, lo que lleva a un aumento de la creación de dinero y de la masa monetaria. Por otro lado, una subida de los tipos de interés provoca una reducción del crédito y la contracción de la masa monetaria, o al menos una reducción de su tasa de crecimiento.
Ciclos económicos y crisis financieras
Si bien en un mercado libre para capitales la oferta de fondos prestables viene determinada por los participantes del mercado que deciden prestar basándose en las tasas de interés, en una economía con un banco central y banca de reserva fraccionaria, la oferta de fondos prestables está dirigida por un comité de economistas bajo la influencia de políticos, banqueros, analistas de televisión y, a veces de forma espectacular, generales militares.
Cualquier familiaridad superficial con la economía hará claros y discernibles los peligros del control de precios. Si un gobierno decide fijar el precio de las manzanas e impedir que éste varíe, el resultado será o la escasez o el excedente de la fruta, así como grandes pérdidas para la sociedad en su conjunto debido al exceso o a la insuficiente producción. En los mercados de capitales ocurre algo parecido, pero los efectos son mucho más nefastos ya que afectan a todos los sectores de la economía, debido a que el capital interviene en la producción de todos los bienes económicos.
Es importante primero entender la diferencia entre fondos prestables y bienes de capital. En una economía de libre mercado con una moneda sólida, los ahorradores tienen que postergar el consumo para ahorrar. El dinero depositado en los bancos como ahorro es dinero que la gente no utiliza para consumir, ya que los ahorradores están aplazando la gratificación que les podría proporcionar el consumo con el fin de obtener una mayor recompensa en el futuro. El monto exacto de ahorros se convierte en la cantidad exacta de fondos prestables disponibles que los productores pueden pedir prestado. La disponibilidad de bienes de capital está inextricablemente vinculada a la reducción del consumo: recursos materiales, mano de obra, tierra y bienes de capital pasarán de utilizarse en la provisión de bienes de consumo finales para la producción de bienes de capital. Al trabajador insignificante se le aparta de las ventas de coches y se le dirige hacia un trabajo en la fábrica de coches; la consabida semilla de maíz irá a parar a la tierra en lugar de ser comida.
La escasez es el punto de partida fundamental de toda economía, y su repercusión más importante es la idea de que todo tiene un coste de oportunidad. En los mercados de capitales, el coste de oportunidad del capital es la renuncia al consumo, y el coste de oportunidad del consumo es la renuncia a la inversión del capital. La tasa de interés es el precio que regula esta relación: a medida que la gente exige nuevas inversiones, los tipos de interés suben, incentivando que más ahorradores destinen una mayor cantidad del dinero que ingresan al ahorro. Cuando los tipos de interés caen, esto incentiva a los inversores a realizar más inversiones en métodos de producción tecnológicamente más avanzados con un horizonte temporal más prolongado. Luego una tasa de interés más baja posibilita la participación en métodos de producción más largos y productivos: la sociedad pasa de pescar con caña a hacerlo con grandes barcos propulsados por petróleo.
A medida que una economía avanza y se vuelve cada vez más sofisticada, el nexo entre el mercado de capital físico y el de fondos prestables no cambia en realidad, pero sí se confunden en la mente de la gente. Una economía moderna con un banco central se basa en ignorar este equilibrio fundamental y en la asunción de que los bancos pueden financiar inversiones con dinero nuevo sin que los consumidores deban renunciar al consumo. El vínculo entre ahorros y fondos prestables se rompe hasta el punto de que ya no se enseña en los libros de economía,66 por no hablar de las desastrosas consecuencias de ignorarlo.
Como los bancos centrales gestionan la masa monetaria y los tipos de interés, será inevitable que exista una discrepancia entre ahorros y fondos prestables. Por lo general, los bancos centrales siempre intentan estimular el crecimiento económico y la inversión, así como aumentar el consumo, de modo que tienden a incrementar la masa monetaria y a bajar los tipos de interés, lo que da lugar a una mayor cantidad de fondos prestables que de ahorros. Las empresas adquieren deudas a estos tipos de interés artificialmente bajos para iniciar proyectos, y lo hacen en mayor cuantía que el monto que los ahorradores reservan para financiar estas inversiones. En otras palabras, el valor del consumo aplazado es menor que el valor del capital tomado prestado. Sin el suficiente consumo aplazado, no habrá bastante capital, tierra y recursos laborales desviados de los bienes de consumo hacia los bienes de capital de orden superior en las primeras fases de la producción. Al fin y al cabo, el «todo gratis» no existe, y si los consumidores ahorran menos, tendrá que haber menos capital disponible para los inversores. Crear nuevos pedacitos de papel y entradas digitales por la falta de ahorro no incrementa por arte de magia la masa de capital físico de una sociedad; sólo devalúa la oferta monetaria existente y distorsiona los precios.
Esta falta de capital no es evidente de inmediato, porque las entidades financieras y los bancos centrales pueden «crear» o emitir suficiente cantidad de dinero para los prestatarios; esto constituye, después de todo, la ventaja principal de utilizar dinero inestable. En una economía con una moneda sólida, semejante manipulación del precio del capital sería imposible: en cuanto se fijaran tipos de interés artificialmente bajos, la escasez de ahorros en los bancos quedaría reflejada en una reducción del capital disponible para los solicitantes de un préstamo, algo que llevaría a un aumento del tipo de interés, lo que reduciría la demanda de crédito e incrementaría la cuantía del ahorro disponible hasta que los dos se igualasen.
El dinero inestable posibilita dicha manipulación, pero sólo por poco tiempo, claro, ya que no se puede eludir la realidad para siempre. Los tipos de interés artificialmente bajos y el exceso de dinero impreso confunden a los productores llevándoles a embarcarse en procesos de producción que requieren más dotación de capital de la que en realidad hay disponible. En un principio, los fondos sobrantes —que no están respaldados por un consumo diferido— hacen que más productores pidan prestado y operen bajo el espejismo de que el dinero les permitirá comprar todos los bienes de capital necesarios para su proceso de producción. La consecuencia natural de que los productores pujen por menos bienes de capital y recursos de los que esperan que haya es un incremento del precio de los bienes de capital durante los procesos de producción. Éste es el punto en que se hace evidente la manipulación, lo cual da lugar al colapso simultáneo de varias inversiones de capital que de repente dejan de ser rentables con los nuevos precios de los bienes de capital; estos proyectos son los que Mises denominó «malas inversiones», aquellas que no se habrían realizado sin las distorsiones en el mercado de capital, y cuya finalización no es posible una vez expuesta la asignación errónea de fondos. La intervención de los bancos centrales en el mercado de capitales permite acometer más proyectos debido a la distorsión de los precios, que hace que los inversores se equivoquen; pero su injerencia no puede incrementar la cantidad efectiva de capital disponible. De modo que estos proyectos extra no se completan y acaban siendo un despilfarro de capital innecesario. La paralización de éstos al mismo tiempo provoca un aumento del desempleo en toda la economía. El fracaso simultáneo en todos los sectores económicos de empresas desbordadas es lo que se conoce como recesión.
Las causas de las recesiones y los vaivenes del ciclo económico sólo se comprenden a través del conocimiento de la estructura del capital y de cómo la manipulación de los tipos de interés destruye el estímulo para acumular capital. Ésta es la consecuencia natural de la manipulación de los tipos de interés que falsea el mercado de capitales al hacer que los inversores imaginen que pueden conseguir más capital del que hay disponible con la moneda inestable que los bancos les han proporcionado. Pese a la mitología animista keynesiana, los ciclos económicos no son fenómenos místicos motivados por agotados «espíritus animales» cuya causa debe ser ignorada mientras los bancos centrales tratan de orquestar una recuperación. La lógica económica muestra con toda claridad cómo las recesiones son el resultado inevitable de la manipulación de los tipos de interés, del mismo modo que la escasez es el insoslayable resultado de los precios máximos.
Podemos tomar prestada una analogía de la obra de Mises68 (y embellecerla) para ilustrar este punto: imaginemos las existencias de capital de una sociedad como si fueran ladrillos, y el banco central como el contratista responsable de construir casas con ellos. Se necesitan 10.000 ladrillos para construir una vivienda, y el promotor busca un contratista que pueda erigir cien casas, lo que exige un total de un millón de ladrillos. Pero, dispuesto a adjudicarse el contrato, un contratista keynesiano se da cuenta de que su oportunidad de hacerse con el mismo mejorará si presenta una oferta según la cual puede construir 120 casas usando sólo 800.000 ladrillos. Esto ilustra qué es la manipulación del tipo de interés: reducir la oferta de capital al mismo tiempo que aumenta la demanda del mismo. En realidad, las 120 casas necesitarán 1.200.000 ladrillos, pero sólo hay 800.000 disponibles. Éstos son suficientes para comenzar la construcción de las 120 casas, pero no para terminarlas. Cuando empieza la construcción, el promotor está muy contento de ver un 20 por ciento más de casas por un 80 por ciento del coste, y ello gracias a las maravillas de la ingeniería keynesiana, que le lleva a gastar el 20 por ciento de los costes que se ha ahorrado en comprarse un nuevo yate. Pero el ardid no puede durar, porque en algún momento quedará patente que no hay forma de concluir las casas y que debe interrumpirse la construcción de las mismas. El contratista no sólo no habrá entregado las 120 casas, no habrá entregado ninguna; en vez de eso habrá dejado al promotor con 120 casas a medio construir, pilas de ladrillos inservibles sin techo. El engaño del constructor ha reducido el capital gastado por el promotor y ha tenido como resultado la construcción de menos casas de lo que hubiera sido posible con las señales adecuadas en relación con los precios. El promotor habría tenido cien casas si se hubiera decantado por un contratista honesto. Al haber elegido uno keynesiano que ha distorsionado los números, el promotor ha seguido despilfarrando su capital al mismo tiempo que éste fue asignado a un plan sin fundamento empírico. Si el promotor se da cuenta de su error en etapas tempranas, el capital desperdiciado en comenzar la construcción de 120 casas puede ser muy poco, y un nuevo contratista será capaz de utilizar el resto de ladrillos para erigir noventa viviendas. Si el promotor permanece en la ignorancia hasta que se agota el capital, acabará siendo el dueño de 120 casas a medio construir que no valen nada, ya que nadie pagará por vivir en una casa sin techo.
Cuando el banco central manipula el tipo de interés por debajo del precio de equilibrio de mercado, obligando a los bancos a crear más dinero mediante préstamos, está disminuyendo al mismo tiempo el volumen del ahorro disponible en la sociedad, incrementando la cantidad solicitada por los prestatarios y, también, dirigiendo el capital hacia proyectos que no se pueden concluir. Por consiguiente, cuanto menos sólida sea la forma de dinero y cuanto más fácil sea para los bancos centrales manipular los tipos de interés, más severos serán los ciclos económicos. La realidad monetaria a través de la historia prueba cuánto más graves son los ciclos económicos y las recesiones cuando se ha manipulado la masa monetaria que cuando no se ha manipulado.
Si bien la mayoría de las personas imaginan que las sociedades socialistas son cosa del pasado y que los sistemas de mercado rigen las economías capitalistas, la realidad es que un sistema capitalista no puede funcionar sin un mercado libre de capitales, donde el precio del capital nace de la interacción de la oferta y la demanda, y las decisiones de los capitalistas responden a señales adecuadas en relación con los precios. La interferencia de los bancos centrales en el mercado de capitales es el origen de todas las recesiones y crisis de las que la mayoría de los políticos, periodistas, estudiosos y activistas de izquierda culpan al capitalismo. El mecanismo de precios de los mercados de capitales sólo puede verse dañado mediante la planificación central de la masa monetaria, la cual provoca grandes trastornos en la economía.
Cada vez que un gobierno ha decidido inflar la masa monetaria, no ha habido forma de escapar a las repercusiones negativas. Si los bancos centrales frenan la inflación, las tasas de interés suben, y a ello le sigue una recesión, ya que muchos de los proyectos iniciados se evidencian como deficitarios y tienen que ser abandonados, revelándose así la inadecuada asignación de recursos y de capital que tuvo lugar. Si el banco central decidiera continuar su proceso inflacionario por tiempo indefinido, sólo estaría incrementando la magnitud de los errores en la asignación en la economía, despilfarrando aún más capital y haciendo que la inevitable recesión fuese aún más dolorosa. No hay modo de escapar al pago de la considerable factura que los fanfarrones keynesianos nos endilgaron por el supuesto «todo gratis».
La planificación de la masa monetaria por parte de los bancos centrales no es posible ni conveniente. La dirigen los más engreídos, quedando el mercado más importante de la economía a las órdenes de las pocas personas que desconocen suficientemente la realidad de una economía de mercado como para creer que pueden planificar de forma centralizada un mercado tan grande, abstracto y emergente como el de capitales. Creer que los bancos centrales pueden «impedir», «combatir» o «gestionar» recesiones es tan descabellado y desacertado como poner a pirómanos e incendiarios al mando del cuerpo de bomberos.
La relativa estabilidad de una moneda sólida, razón por la cual la selecciona el mercado, permite el funcionamiento de un mercado libre mediante la determinación de los precios y la toma de decisiones de forma independiente. Una moneda débil, y cuya oferta se planifique de forma centralizada, no propicia la aparición de señales adecuadas en relación con los precios, porque, por su propia naturaleza, está controlada. Durante siglos de control de precios, los partidarios de la planificación central han intentado encontrar en vano el esquivo mejor precio para alcanzar los objetivos fijados. La razón por la que debe rechazarse el control de precios no es que los partidarios de la planificación central no puedan escoger el precio adecuado, sino que, por el simple hecho de imponer un valor —el que sea—, evitan que el proceso de mercado permita que los precios coordinen las decisiones de consumo y producción entre los participantes en el mismo, lo que da lugar a la inevitable escasez y a los excedentes. Del mismo modo, la planificación central de los mercados crediticios fracasará porque aniquila los mecanismos de mercado para la determinación de los precios, que proporcionan a los participantes en el mismo las señales e incentivos precisos para gestionar su consumo y producción.
El perfil de fracaso que adopta la planificación central del mercado de capitales es un ciclo de expansión-auge-crisis-depresión-recuperación, según se explica en la teoría del ciclo económico austríaca. Por ello, no es de extrañar que esta disfuncionalidad se contemple como una parte normal de las economías de mercado, porque, después de todo, en la cabeza de los economistas modernos, que un banco central controle los tipos de interés es algo normal en una economía de mercado moderna. El historial de los bancos centrales a este respecto ha sido bastante lamentable, sobre todo en comparación con los períodos en los que no había ninguna planificación ni dirección central de la masa monetaria. Instituida en 1914, la Reserva Federal de Estados Unidos fue la responsable de una brusca contracción de las reservas en 1920-1921 y, después, de la quiebra de 1929, cuyas repercusiones se prolongaron hasta finales de 1945. A partir de entonces, las depresiones económicas pasaron a ser una parte dolorosa y habitual de la economía, algo recurrente cada pocos años, lo cual ha proporcionado una justificación a la creciente intervención del gobierno con la excusa de hacer frente a las consecuencias de las mismas.
Un buen ejemplo de las ventajas de contar con una moneda sólida se puede hallar observando la evolución de la economía suiza, el último bastión del dinero sólido, que mantuvo su divisa vinculada al oro hasta su desafortunada decisión de abandonar su neutralidad y unirse al Fondo Monetario Internacional (FMI) en 1992. Antes de dicha fecha, su tasa de desempleo siempre había sido prácticamente nula, y casi nunca superó el 1 por ciento. Tras su adhesión al FMI, cuyas reglas impiden que los gobiernosvinculen el valor de su divisa al oro, la economía de Suiza comenzó a experimentar los «placeres» del dinero inestable keynesiano, y su tasa de paro aumentó hasta alcanzar algunos años el 5 por ciento, sin bajar casi nunca del 2 por ciento.
Al comparar depresiones con períodos del patrón oro, cabe recordar que este último estuvo lejos de ser una forma de moneda sólida en Europa y Estados Unidos durante el siglo XIX, ya que tenía varios defectos; en especial, tales defectos incluían el hecho de que los bancos y los gobiernos podían aumentar con frecuencia su oferta de dinero y crédito más allá del oro contenido en sus reservas, lo cual provocaba expansiones y contracciones similares a las vistas en el siglo XX, aunque en un grado mucho menor.
Teniendo esto presente, podemos hacernos una idea mucho más clara de la historia monetaria moderna que suele enseñarse en los libros de texto desde el aluvión keynesiano. El texto fundacional del pensamiento monetarista es un libro que se considera la obra definitiva de la historia monetaria estadounidense: A monetary history of the United States, 1867 1960, de Milton Friedman y Anna Schwartz. El libro, un tomo gigantesco de 888 páginas, es asombroso por su capacidad de aunar un sinfín de hechos, detalles, estadísticas y herramientas de análisis sin ofrecer ni una sola idea al desafortunado lector sobre una cuestión clave: las causas de las crisis financieras y de las recesiones.
El principal fallo del libro de Friedman y Schwartz es típico de la moderna erudición académica: un complejo ejercicio que sustituye el rigor por la lógica. El texto evita de forma sistemática y metódica cuestionar cuáles han sido las causas de las crisis financieras que afectaron a la economía estadounidense durante un siglo, y en cambio atiborra al lector con una investigación excepcional llena de datos, hechos, banalidades e insignificancias.
El argumento principal del libro es que las recesiones son fruto de la falta de una respuesta suficientemente rápida por parte de los gobiernos a las crisis financieras, a una retirada masiva de depósitos bancarios y al colapso deflacionario mediante el incremento de la masa monetaria para volver a inflar el sector bancario. Es típico del grupo liberalista libertario de Milton Friedman responsabilizar al gobierno de un problema económico, pero el razonamiento erróneo es que lleva a sugerir aún mayor intervención gubernamental como solución. La evidente equivocación en el libro es que los autores no mencionan ni una sola vez qué origina estas crisis financieras, las retiradas masivas de depósitos bancarios y los colapsos deflacionarios de la masa monetaria. Como pudimos ver al examinar la teoría del ciclo económico austríaca, la única causa de una recesión general de la economía es, de entrada, la inflación de la masa monetaria. Libres de la carga de tener que entender el motivo, Friedman y Schwartz pueden entonces recomendar con seguridad la propia causa como remedio: el gobierno tiene que intervenir y recapitalizar con medidas enérgicas el sistema bancario e incrementar la liquidez ante el primer indicio de recesión económica. Con esto ya puede uno comenzar a apreciar por qué los economistas modernos detestan el principio de causalidad lógica; tal principio desacreditaría casi todas sus soluciones.
Friedman y Schwartz sitúan el principio del estudio de su libro en el año 1867, de modo que, al analizar las causas de la recesión de 1873, ignoran por completo el pequeño detalle de la impresión de billetes que llevó a cabo el gobierno estadounidense con el fin de financiar la guerra de Secesión, causa última de la recesión. Y este patrón se repetirá a lo largo de la obra.
Los autores apenas analizan las causas de la recesión de 1893, haciendo alusión a una campaña a favor de la plata debido a que el oro no era suficiente para cubrir las necesidades monetarias de la economía, e inundando luego al lector con datos y curiosidades sobre la recesión de ese año. No mencionan la Ley Sherman de compra de plata (Sherman Silver Purchase Act) de 1890, aprobada por el Congreso de Estados Unidos y que obligaba al Tesoro estadounidense a comprar grandes cantidades de plata con una nueva emisión de pagarés del Tesoro. Dado que a esas alturas la plata había sido desmonetizada casi por completo por todo el mundo, las personas que poseían plata o bonos del Tesoro procuraron convertirlos en oro, lo que llevó a una caída en las reservas de oro del Tesoro.
Efectivamente, el Tesoro había incurrido en una errónea y enorme dosis de expansionismo monetario mediante el incremento de la masa monetaria para intentar fingir que la plata todavía era dinero. Lo único que consiguió fue devaluar los bonos del Tesoro estadounidense, creando una burbuja financiera que pinchó cuando se aceleraron las retiradas de oro. Cualquier libro de historia que hable sobre este período se lo dejará claro a cualquiera con una somera comprensión de la teoría monetaria, pero Friedman y Schwartz evitan espectacularmente cualquier mención al respecto.
El tratamiento que da el libro a la recesión de 1920 omite la gran dosis de expansión monetaria que tuvo lugar para financiar la entrada de Estados Unidos en la primera guerra mundial. Aunque no se menciona en su análisis, sus datos indican que hubo un incremento del 115 por ciento en la oferta monetaria entre junio de 1914 y mayo de 1920. Sólo un 26 por ciento de dicho aumento se debió a incrementos en las reservas de oro, lo que significa que el resto estuvo impulsado por el gobierno, los bancos y la Reserva Federal. Ésta fue la causa principal de la depresión de 1920, aunque tampoco se mencione en el libro.
Curiosamente, sin embargo, ignoran por completo la recuperación de la depresión de 1920-1921, que Benjamin Anderson calificó de «última recuperación natural hasta el pleno empleo». Se redujeron los impuestos y el gasto público, y se permitió que los salarios se ajustaran libremente, lo que llevó a un rápido retorno al pleno empleo en menos de un año. Durante la depresión de 1920 se produjo uno de los descensos de la producción más rápidos en la historia de Estados Unidos (una caída del 9 por ciento en diez meses, desde septiembre de 1920 a julio de 1921), así como la recuperación más acelerada. En otras depresiones, en las que keynesianos y monetaristas inyectaron liquidez, incrementaron la masa monetaria y el gasto público, la recuperación fue más lenta.
Si bien todo el mundo trata de aprender la lección de la Gran Depresión, los principales libros de texto económicos nunca mencionan la depresión de 1920, ni intentan entender por qué fue tan rápida la recuperación de la misma. El presidente de Estados Unidos en esa época, Warren Harding, mostró un sólido compromiso con el libre mercado y se negó a atender la petición de los economistas intervencionistas. Se liquidaron las malas inversiones, y se reasignó rápidamente la mano de obra y el capital empleado en las mismas a nuevas inversiones. El desempleo regresó pronto a los niveles normales, precisamente como consecuencia de la ausencia de intervención gubernamental que intensificara las distorsiones que la habían provocado en primer lugar. Esto es todo lo contrario a lo recomendado por Friedman y Schwartz, razón por la cual tampoco se menciona en la obra.
El capítulo más célebre del libro (y el único que todo el mundo parece haber leído) es el séptimo, que se centra en la Gran Depresión. Éste se sitúa justo después del desplome bursátil de 1929, mientras que el capítulo 6 termina en el año 1921. La totalidad del período comprendido entre 1921 y octubre de 1929, que debería contener cualquier causa de la Gran Depresión, no se considera merecedor de una sola página de las 888 de las que consta el libro.
Friedman y Schwartz sólo mencionan de pasada que el nivel de precios no subió demasiado rápido durante la década de 1920, y por consiguiente concluye que el período no fue inflacionario y que las causas de la depresión no pudieron ser inflacionarias. Pero la década de 1920 fue testigo de un rápido crecimiento económico, lo que condujo a una caída de los precios. También hubo una fuerte expansión monetaria provocada por la Reserva Federal de Estados Unidos, que intentó ayudar al Banco de Inglaterra a detener el flujo de oro que escapaba de sus costas (causado a su vez por el mismo Banco de Inglaterra al haber inflado los salarios en vez de permitir que se ajustaran a la baja). El efecto neto de un incremento en la masa monetaria y de un rápido crecimiento económico fue que el nivel de precios no subió mucho, pero el de los activos lo hizo considerablemente, sobre todo el de la vivienda y el de los valores bursátiles; el incremento de la masa monetaria no se tradujo en un aumento de los bienes de consumo, ya que había estado dirigida sobre todo por la Reserva Federal para estimular el mercado de valores y el mercado inmobiliario. La masa monetaria creció un 68,1 por ciento durante el período comprendido entre 1921 y 1929, mientras que las existencias de oro sólo se ampliaron en un 15 por ciento. Es este aumento de las reservas de dólares, más allá de las de oro, la causa fundamental de la Gran Depresión.
Una mención honorífica merece el padre de los monetaristas, Irving Fisher, que dedicó los años veinte a la «administración científica del nivel de precios». Fisher imaginó que, como Estados Unidos estaba ampliando la masa monetaria, su gran acopio de datos y gestión científica le permitirían controlar el crecimiento de la misma, así como el de los precios de los activos, a fin de que el nivel de precios se mantuviera estable. El 16 de octubre de 1929, Fisher proclamó con orgullo en The New York Times que el precio de las acciones había alcanzado lo que parecía «una meseta permanentemente alta». El mercado bursátil comenzó su caída el 24 de octubre de 1929, y no sería hasta mediados de la década de 1950, años después de la muerte de Fisher, que el mercado de valores volvería a la «meseta permanentemente alta» que Fisher había anunciado en 1929. Así pues, no es de extrañar que Milton Friedman proclamara después a Irving Fisher como el mejor economista estadounidense de todos los tiempos.
La caída de la bolsa fue consecuencia de la expansión monetaria llevada a cabo durante la década de 1920, la cual generó una enorme burbuja de riqueza ilusoria en el mercado de valores. Fue inevitable que la burbuja pinchara en cuanto la expansión se ralentizó. Después tuvo lugar una espiral deflacionista en la que desapareció toda la riqueza imaginaria de la burbuja. Al desaparecer la riqueza, es inevitable una retirada masiva de fondos de los bancos, al mismo tiempo que éstos acusan grandes dificultades para cumplir con sus obligaciones. Esto evidencia el problema que supone tener un sistema de banca de reserva fraccionaria —que es un desastre inminente—. Habida cuenta de esto, habría sido oportuno que la Reserva Federal garantizara los depósitos de la gente —aunque no que garantizase las pérdidas empresariales ni las bursátiles—. Abandonar a los bancos a su suerte permitiendo que se lleve a cabo la liquidación y que caigan los precios es la única solución. Es cierto que esta medida habría entrañado una dolorosa recesión. ¡Precisamente por eso la expansión monetaria no debería haberse producido nunca! Tratar de evitar una recesión mediante la inyección de mayor liquidez sólo agudizará las distorsiones que de entrada provocaron la crisis.
La expansión monetaria creó riqueza ficticia que asignó mal los recursos, opulencia que debe desaparecer para que el mercado vuelva a funcionar como es debido, con un mecanismo de fijación de precios adecuado. Fue esta riqueza irreal lo que, para empezar, provocó el colapso de la economía. Devolver esta riqueza imaginaria a su lugar de origen no es más que volver a montar el castillo de naipes y prepararse para otra caída más grande y más fuerte.
Tras haber despachado sumariamente la época anterior a 1929 como si ésta no fuera relevante para la caída de la bolsa, Friedman y Schwartz concluyen entonces que no fue más que la reacción de la Reserva Federal a la caída del mercado lo que provocó que se convirtiera en una Gran Depresión. Si la Reserva Federal hubiera abierto el grifo del dinero e inundado el sistema bancario con liquidez, sostienen, entonces las pérdidas del mercado de valores hubieran sido insignificantes para la economía en general y no se hubiera producido una importante depresión. El hecho de que en realidad la Reserva Federal fuera expansiva en su respuesta a esta crisis se pasa por alto en la avalancha de datos. Si bien la Fed intentó aliviar la escasez de liquidez en el sector bancario, no pudo detener el hundimiento; no por falta de determinación, sino debido al colapso de toda la economía de inversiones de capital mal asignadas, y también a las políticas intervencionistas analizadas en el capítulo 4.
Tres cuestiones importantes quedan sin respuesta en esta gigantesca obra, lo que muestra un notorio fallo en su razonamiento. Primera cuestión: ¿por qué no se hace ninguna comparación entre las depresiones de 1920 y 1929?; la primera no duró mucho, a pesar de que la Reserva Federal no intervino del modo en que los autores recomiendan. Segunda: ¿por qué Estados Unidos nunca sufrió una crisis económica durante el siglo XIX, época en que no existía ningún banco central, salvo en los dos casos en que el Congreso ordenó al Tesoro que actuara como tal durante la guerra civil, con la impresión de los billetes verdes (greenbacks), y en 1890, tras la monetización de la plata? Tercera, y más reveladora: ¿cómo se las arregló Estados Unidos para no sufrir ninguna crisis financiera durante el mayor período de crecimiento económico sostenido entre 1873 y 1890, cuando no había ninguna clase de banco central, la masa monetaria estaba limitada y el nivel de precios seguía bajando?; Friedman y Schwartz sólo mencionan esta época de pasada, señalando que la economía creció de manera impresionante «a pesar» de la caída del nivel de precios, sin molestarse en comentar cómo este hecho se opone abiertamente a su fobia a la caída del nivel de precios.
Como explica Rothbard, no hay nada inherente en el funcionamiento de una economía de mercado que genere un problema persistente de desempleo. Los mecanismos habituales de un mercado libre verá a mucha gente perder o renunciar a su empleo, y a muchos negocios quebrar o cerrar por un gran número de razones, pero esta pérdida de puestos de trabajo quedará más o menos neutralizada con la creación de nuevos puestos y empresas, dando lugar a un insignificante número de personas sin trabajo de forma voluntaria en un momento dado, como sucedió durante los años en que no se abusó del patrón oro en el siglo XIX, y como en el caso de Suiza antes de 1992. Sólo cuando un banco central manipula la masa monetaria y los tipos de interés pueden fraguarse fracasos a gran escala en industrias de la economía al mismo tiempo, provocando oleadas de despidos masivos en sectores completos y dejando sin empleo al mismo tiempo a un gran número de trabajadores con habilidades difíciles de transferir a otro sector u ocupación. Como dijo Hayek: «La causa de las oleadas de desempleo no es el “capitalismo”, sino los gobiernos que han impedido a la empresa privada equipararse el derecho a producir buen dinero».
Una base sólida para el comercio
En el mundo del dinero sólido, los bienes y el capital circulaban entre los diferentes países casi de la misma manera que lo hacía entre distintas regiones de un mismo país: según los deseos de los legítimos propietarios y en la forma convenida, en un intercambio mutuamente beneficioso. Bajo el áureo de Julio César, o bajo el patrón oro del banco de Ámsterdam del siglo XVII, o bajo el patrón oro del siglo xix, trasladar físicamente un bien de un lugar a otro era el obstáculo más importante que debía sortear el comercio. Apenas existían las barreras arancelarias y comerciales, y si las había, se limitaban a poco más que a pagar unas cuotas por la gestión y el mantenimiento de los puestos fronterizos y los puertos marítimos
En el pasado, las eras de dinero inestable, como la del feudalismo en Europa o la de la caída del mundo moderno en el nacionalismo monetario, el comercio dejó de ser prerrogativa de las transacciones individuales y empezó a ser un asunto de interés nacional que requería la supervisión de los señores feudales o de los gobiernos que reclamaban la soberanía sobre las mismas. Esta transformación de la naturaleza del comercio ha sido tan irrisoriamente completa que, en el siglo xx, el término «libre comercio» hacía referencia al comercio transfronterizo llevado a cabo entre dos personas en los términos acordados por sus respectivos gobiernos, ¡no por los particulares interesados!
El abandono del patrón oro por parte de la mayoría de los gobiernos en 1914, mediante la suspensión y limitación del intercambio de papel moneda por oro, dio inicio al período al que Hayek denominó «nacionalismo monetario». El valor del dinero dejó de ser una unidad fija de oro, materia prima con la mayor ratio existencias/flujo y, por consiguiente, con la menor elasticidad de los precios de la oferta, con lo cual mantenía un valor previsible y bastante constante. Por el contrario, el valor del dinero oscilaba entonces junto con los vaivenes de las políticas fiscales y monetarias, así como con los del comercio internacional. Los tipos de interés más bajos o el incremento de la masa monetaria menguaban el valor del dinero, al igual que el gasto público financiado por un banco central que presta al gobierno. Si bien estos dos factores dependían nominalmente del control de los gobiernos, que al menos podían engañarse a sí mismos y creer que podían gestionarlos para lograr estabilidad, el tercer factor era resultado, complicado e incipiente, de las acciones de todos los ciudadanos y de numerosos extranjeros. Cuando las exportaciones de un país crecían más que sus importaciones (un superávit comercial), su divisa se apreciaba en los mercados monetarios internacionales, mientras que se depreciaba cuando sus importaciones crecían más que sus exportaciones (déficit comercial). Los responsables políticos, en vez de tomar esto como una señal para dejar de juguetear con el valor del dinero y permitir a la gente la libertad de utilizar como moneda la materia prima menos volátil, lo consideró una invitación a microgestionar los detalles más insignificantes del comercio mundial.
El valor de la moneda, que se supone debería ser la unidad contable con la que se mide y planifica toda la actividad económica, pasó de ser el valor del bien menos volátil en el mercado a estar determinado por la suma de tres instrumentos normativos del gobierno —políticas monetarias, fiscales y comerciales— y, de manera más impredecible, mediante las reacciones de los individuos a estas herramientas. Que los gobiernos decidan establecer la medida de valor tiene tanto sentido como que intentaran dictar la medida de longitud en función de la altura de las personas y edificios de su territorio. Uno sólo puede imaginarse la clase de confusión en la que incurrirían todos los proyectos de ingeniería en caso de que la longitud del metro variara a diario según las decisiones de una oficina de medición oficial.
Sólo la vanidad de los locos puede verse afectada por la modificación de la unidad con la que miden. Hacer el metro más corto tal vez podría llevar a alguien a creer que su casa de 200 m2 mide en realidad 400 m2, pero la casa seguiría siendo la misma. Lo único que provocaría esta redefinición del metro sería el menoscabo de la capacidad de los ingenieros para construir o realizar el mantenimiento de las edificicaciones de manera adecuada. Del mismo modo, puede que la devaluación de una moneda haga más rico a un país sólo nominalmente, o puede que incremente el valor nominal de sus exportaciones, pero no hace nada por su prosperidad.
Las economías modernas han formulado «la trinidad imposible» para expresar la difícil situación de los bancos centrales modernos, que establece que ningún país puede alcanzar con éxito los tres objetivos de contar con un tipo de cambio fijo, con libre movimiento de capitales y con una política monetaria autónoma. Con una tasa de cambio fija y libre flujo de capitales, un gobierno no puede sostener también su propia política monetaria, ya que la modificación del tipo de interés hará que el capital entre o salga hasta el punto de que la tasa de cambio se vuelva injustificable; y todos sabemos cuánto valoran las economías modernas tener una política monetaria para «gestionar» la economía. Tener una política monetaria independiente y un tipo de cambio fijo sólo puede lograrse mediante la restricción de los flujos de capital, situación predominante en el período comprendido entre 1946 y 1971. Pero tampoco eso resultaba viable, porque la circulación de mercancías se convirtió en el modo en que las tasas de cambio trataban de corregir el desequilibrio, ya que algunos países exportaban demasiado y otros importaban excesivamente, dando lugar a negociaciones políticas para recalibrar el tipo de cambio. No puede haber motivos racionales para determinar el resultado de estas negociaciones en los organismos internacionales, en los que el gobierno de cada país intenta hacer valer sus intereses particulares y hace lo que haga falta para defenderlos. Después de 1971, el mundo pasó a tener una política monetaria independiente y libre circulación de capitales, pero conservó tipos de cambio flotantes entre divisas.
Este mecanismo tiene la ventaja de permitir jugar a los economistas keynesianos con sus herramientas favoritas para «administrar» economías, al mismo tiempo que mantiene contentos a los organismos financieros internacionales y a los propietarios del capital. También supone una bendición para las grandes instituciones financieras que han generado un mercado de divisas por un valor de billones de dólares al día, en el que se comercian monedas y su futuro. Pero es probable que este acuerdo no beneficie a casi nadie más, en especial a quienes realmente tienen empresas productivas que ofrecen mercancías valiosas para la sociedad.
En un mundo tan globalizado donde los tipos de cambio dependen de una plétora de variables locales e internacionales, dirigir un negocio productivo hace que el desafío sea totalmente innecesario. Es probable que una empresa con éxito tenga entradas y salidas de su negocio que vayan y vengan a numerosos países. Cada decisión de compra y venta está supeditada al tipo de cambio entre los países implicados. En este mundo, una compañía muy competitiva podría sufrir grandes pérdidas sólo por una variación de los tipos de cambio de la que ni siquiera participe su propio país. Si el Estado del principal proveedor de la empresa experimenta un aumento del valor de su moneda, el coste de los insumos podría verse afectado lo suficiente como para acabar con la rentabilidad de la empresa. Lo mismo podría suceder si cae el valor de la divisa del principal mercado al que exporte. Empresas que llevan décadas trabajando con una determinada ventaja competitiva pueden verla desaparecer en quince minutos de impredecible inestabilidad de los tipos de cambio. Suele culparse de ello al libre comercio; del mismo modo que los economistas y los políticos lo utilizarán como excusa para poner en práctica políticas comerciales proteccionistas populares pero nocivas.
Con el libre flujo de capitales y el libre comercio construidos sobre los inestables cimientos de arenas movedizas de tipos de cambio flotantes, un porcentaje mucho más alto de empresas y profesionales del país tienen que preocuparse por las fluctuaciones de la moneda. Todos los negocios deben dedicar recursos y personal al estudio de una cuestión de suma importancia sobre la que no tienen ningún control. Cada vez más personas se dedican a especular con las medidas de los bancos centrales, las administraciones nacionales y las fluctuaciones monetarias. Con el tiempo, este elaborado dispositivo de planificación central, y sus consiguientes rituales, tiende a interferir en la actividad económica. Puede que uno de los hechos más sorprendentes de la economía del mundo actual sea el tamaño del mercado de divisas comparado con la actividad económica productiva. El Banco de Pagos Internacionales estima que la magnitud del mercado de divisas es de 5,1 billones de dólares al día, a fecha de abril de 2016, lo que serían unos 1.860 billones al año. El Banco Mundial estima el PIB de todos los países del mundo combinados en unos 75 billones de dólares para el año 2016. Esto significa que el mercado de divisas es unas veinticinco veces más grande que toda la producción económica que se lleva a cabo en todo el planeta. Es importante recordar aquí que el cambio de divisas no es un proceso de producción, razón por la cual su volumen no se contabiliza en las estadísticas del PIB. No se crea valor económico en la transferencia de una moneda a otra, no es más que un coste que hay que pagar para superar el gran inconveniente de tener diferentes monedas nacionales para distintos países. Lo que el economista Hans-Hermann Hoppe ha denominado «un sistema mundial de semipermuta» a través de las fronteras internacionales que está debilitando la capacidad de beneficiar a las personas que ostenta el comercio mundial, cobrando una gran cantidad de los costes de transacción en un intento de aminorar sus consecuencias. No sólo el mundo malgasta grandes cantidades de capital y mano de obra intentando superar estas barreras, sino que, con frecuencia, empresas y particulares de todas partes del planeta incurren en pérdidas significativas debido a errores de cálculo económicos causados por las arenas movedizas de la inestabilidad cambiaria.
En un mercado libre para el dinero, la gente elegirá qué divisas quiere utilizar. Escogería aquellas con la menor ratio fiable existencias/flujo. Esta divisa oscilaría lo mínimo frente a cambios en la demanda y la oferta, y se convertiría en un instrumento de cambio solicitado en todo el mundo, permitiendo realizar con ella todos los cálculos económicos, y convirtiéndose en una unidad de medida común a través del tiempo y el espacio. Cuanto mayor es la vendibilidad de un bien, más apropiado es dicho bien para desempeñar este papel. Los áureos romanos, los sólidos bizantinos o el dólar estadounidense fueron todos ellos ejemplos de esto hasta cierto punto, a pesar de contar con algún inconveniente. La moneda que más se acercó fue el oro en los últimos años del patrón oro internacional, aunque, incluso entonces, algunos países y sociedades mantuvieron la plata u otras formas primitivas de dinero.
Es increíble que, en el año 1900, un empresario pudiera llevar a cabo planes y cálculos económicos a escala mundial expresados en cualquier divisa internacional, sin pensar en absoluto en las fluctuaciones cambiarías, y que, un siglo después, un hombre de negocios equivalente que intente trazar un plan económico transfronterizo se enfrenta a una gama de tasas de cambio muy inestables que le pueden llevar a creer que ha entrado en un cuadro de Salvador Dalí. Cualquier analista cuerdo que examinara este desastre concluiría que lo mejor sería, sencillamente, volver a vincular el valor de la moneda al oro y acabar con este acto de malabarismo, resolviendo así la trinidad imposible al suprimir la necesidad de una política monetaria controlada por el gobierno y tener libre circulación de capitales y libre comercio. Esto generaría estabilidad económica de inmediato y dejaría libre una gran cantidad de capital y recursos para la producción de mercancías valiosas y de servicios, en vez de especular con las complejas fluctuaciones de los tipos de cambio.
Por desgracia, sin embargo, los responsables del presente sistema monetario tienen un interés personal en que continúe, y, por lo tanto, han preferido intentar encontrar formas de gestionarlo y modos aún más creativos de vilipendiar y desestimar el patrón oro. Esto es del todo comprensible, dado que sus puestos de trabajo dependen de que el gobierno tenga acceso a una imprenta para recompensarlos.
La combinación de tipos de cambio flotantes y de ideología keynesiana ha dado a nuestro mundo el actual fenómeno de las guerras de divisas: como el análisis keynesiano dice que el incremento de las exportaciones conduce a un aumento del PIB, y éste es el santo grial del bienestar económico, de ello se deduce —en la mente de los keynesianos— que todo aquello que fomenta las exportaciones es bueno. Como una moneda devaluada abarata las exportaciones, cualquier país que enfrente una desaceleración económica puede impulsar su PIB y el empleo a través de la devaluación de su moneda y del aumento de las exportaciones.
Hay muchos fallos en esta concepción del mundo. Reducir el valor de la moneda no contribuye en nada a aumentar la competitividad de la industria en términos reales. En cambio, tal reducción sólo aplica un descuento único a sus productos, lo cual acaba generando que tales productos les sean ofrecidos a los extranjeros a precios más bajos que a los nacionales, subvencionando así a la gente de fuera. También abarata todos los activos del país para los extranjeros, permitiéndoles llegar y adquirir tierra, capital y recursos a bajo precio. En un orden económico liberal, no hay nada de malo en que los foráneos compren activos locales, pero en uno keynesiano se les subvenciona de forma activa para que vengan a comprar el país con descuento. La historia de la economía muestra asimismo que las economías de mayor éxito de la posguerra, como la alemana, la japonesa y la suiza, aumentaron de forma considerable sus exportaciones al mismo tiempo que sus monedas continuaron apreciándose. No necesitaron recurrir a una constante devaluación de la divisa para incrementar sus exportaciones; desarrollaron una ventaja competitiva que hizo que sus productos fueran demandados en todo el mundo, lo que a su vez provocó que sus monedas se apreciaran en comparación con la de sus socios comerciales, incrementando la riqueza de su población. Es contraproducente para los países que importan de los mismos pensar que pueden impulsar sus exportaciones sólo mediante la devaluación de su moneda. Estarían destruyendo la riqueza de su pueblo con sólo permitir que los extranjeros lo compren a un precio reducido. No es casualidad que los países que han visto devaluarse más sus monedas durante la posguerra fueran también los que sufrieron un estancamiento y un declive económicos.
Pero, incluso si todos estos problemas derivados de la devaluación como vía para alcanzar la felicidad fueran inexactos, hay una razón muy simple por la que esa vía no puede funcionar: si lo hiciese, y si todos los países la probaran, todas las divisas se devaluarían, y ninguna nación tendría ventaja sobre las otras; lo que nos lleva a la situación actual en la economía mundial, en la que la mayoría de los gobiernos tratan de devaluar su moneda para impulsar las exportaciones, y todas ellas se quejan de la «injusta» manipulación de la divisa que llevan a cabo las otras. En efecto, los países empobrecen a sus ciudadanos para estimular sus exportaciones e incrementar las cifras del PIB, y se quejan cuando otros hacen lo mismo. La ignorancia económica sólo es equivalente a la falaz hipocresía de los políticos y economistas que repiten sus frases como loros. Se celebran cumbres económicas internacionales en las que los líderes tratan de negociar una aceptable devaluación de la moneda de los otros, lo que convierte el valor de una divisa en una cuestión de importancia geopolítica.
Nada de esto sería necesario si el mundo se basara en un sistema monetario sólido que funcionase como unidad contable y medida de valor internacional, que permitiera a productores y consumidores de todo el mundo tener una valoración precisa de sus gastos e ingresos, y que alejara la rentabilidad económica de la política gubernamental. Una moneda fuerte —al apartar la cuestión de la oferta de manos de los gobiernos y de sus propagandistas económicos— forzaría a todos a ser productivos para la sociedad, en vez de buscar enriquecerse mediante la insensatez de la manipulación monetaria.